Ricardo Bosque: "Novela negra y jazz son dos elementos absolutamente indisolubles"

 Es un placer compartir esta conversación con Ricardo Bosque, escritor aragonés, crítico literario y uno de los grandes conocedores de la novela criminal en España. Impulsor de proyectos como la revista Calibre 38 y el encuentro VillaNoir, su mirada sobre el género negro es tan heterodoxa como apasionada.

Ricardo es también el autor de "Las gafas de Bill Evans", el relato noir que acompaña a nuestro álbum Abril 1959 y que forma parte física del objeto artístico del disco. Una historia que nació, como él mismo cuenta, casi de una sentada, a partir de una imagen, un cómic y la audición en bucle de Miles Davis.

En esta entrevista hablamos de jazz, de literatura, de fotografía callejera y de por qué novela negra y jazz son, en sus palabras, dos elementos absolutamente indisolubles.

Ricardo Bosque, junto a Juanfer Briones
durante la presentación del álbum Abril 1959.
Sala de Conferencias, Palacio de la Aljafería.


I. La mirada noir

P: Llevas muchos años escribiendo y reflexionando sobre la novela negra. ¿Qué es lo que te sigue atrayendo del género? ¿Qué encuentras en él que no te dan otros territorios literarios?

R: Primero diré que, aunque se me escapa de vez en cuando lo de "novela negra", prefiero recurrir a la denominación de "novela criminal", un concepto mucho más amplio que me permite tratar muchos más subgéneros y, de paso, no irritar a los puristas más estrictos en cuanto a lo que es novela negra y lo que no.

Es un género que no deja de sorprenderme cada día por su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, modos o tecnologías y que siento muy pegado a la realidad. Por otra parte, en novelas no estrictamente negras sino más policiales o detectivescas, es muy importante ese componente lúdico que anima al lector a ser más listo que el investigador de turno y tratar de resolver el crimen antes que él.


P: Además de escribir, llevas tiempo impulsando proyectos como la revista Calibre 38 o el encuentro VillaNoir. ¿Esa faceta de lector, crítico y organizador cambia de alguna manera tu forma de escribir?

R: Son facetas totalmente diferentes de una misma afición, si bien parte de mi carácter se ve reflejada tanto en la manera de escribir como a la hora de concebir y organizar los encuentros de género negro VillaNoir. Me refiero a mi actitud un tanto heterodoxa respecto al género, lo que me permite tener un concepto mucho más amplio del mismo sobre todo en lo que se refiere al desenfado, el sentido del humor y la originalidad de algunos autores a la hora de escribir novela criminal, aspectos que me encantan.


P: En muchas historias de género negro los bares, los clubs o las calles tienen casi tanta presencia como los propios personajes. En tu caso, ¿Qué importancia tiene el escenario a la hora de construir una historia?

R: De muchas novelas se suele decir que la ciudad es un personaje más de la trama. El género criminal lo asociamos automáticamente a entornos urbanos, callejones oscuros, bares llenos de humo… Pero no olvidemos que también el mundo rural tiene una gran presencia en el género y no por una moda actual sino que viene ya desde el origen, teniendo como ejemplos muy claros esa campiña inglesa en la que resolvía sus crímenes la Miss Marple de Agatha Christie o ese pueblo del medio oeste americano en el que ambientó Jim Thompson su durísima 1280 almas.

El escenario de la novela es, desde luego, fundamental y condicionado siempre por la elección de la trama y personajes de la novela.


P: Sabemos que también practicas fotografía callejera. ¿Crees que hay algo en común entre el escritor de novela negra y el fotógrafo que observa lo que ocurre en la calle?

R: Sin ser más que un simple aficionado, creo que la fotografía callejera es el medio para contar una historia de la manera más concisa posible: una simple imagen que congela un instante, una emoción, un momento cotidiano de los protagonistas que uno va encontrando por las calles y en la que el fotógrafo primero y quien contempla la foto después deben poner el resto, la imaginación necesaria para interpretarla.

De hecho, hay muchas novelas o relatos, de cualquier género, que parten de una simple imagen que sirve de inspiración al escritor. En mi caso, así ha sido en más de una ocasión, desde luego.


II. Literatura y música

P: Cuando te propusimos colaborar en el álbum Abril 1959, la idea era escribir un relato que conviviera con un disco de jazz, algo no muy habitual. ¿Qué te hizo aceptar la propuesta?

R: Al principio me quedé un poco paralizado por la responsabilidad que suponía y mis dudas acerca de mi capacidad para sacarlo adelante ya que jamás había trabajado por encargo. Pero claro, como diría Don Corleone, era una oferta que no podía rechazar: unir literatura y jazz, dos de mis grandes aficiones, un reto que había que intentar superar como fuera, así que pasé del bloqueo al entusiasmo en unos minutos. Sobre todo cuando empecé a buscar en la web información acerca de la banda que estaba detrás de la propuesta.


P: El relato "Las gafas de Bill Evans" nos lleva a un mundo de detectives, clubs nocturnos y músicos que aparecen entre humo y alcohol. ¿Cómo nació esa historia?

R: Pues precisamente de una fotografía de Maddison Pack realizada en unos estudios de grabación que encontré en internet y que muestra a Noel Redolar al piano rodeado por el resto del cuarteto. Me llamó la atención porque estaba seguro de haber visto una foto muy similar en alguna parte, hasta que recordé que mostraba una composición idéntica a otra tomada durante la grabación de Kind of Blue de Miles Davis, en la que aparecen el propio Miles y dos monstruos como John Coltrane y Cannonball Adderley. Al piano, el increíble Bill Evans, quien me recordaba un montón a Noel.

La historia empezó a surgir de golpe cuando me dio por releer un cómic, Miles en París, de Salva Rubio y Sagar Forniés, que narra un episodio de la vida del trompetista en Francia a finales de los cuarenta, cuando llegó a mantener un romance con Juliette Gréco, la musa de la intelectualidad francesa.

Si a eso le añadimos la audición en bucle del vinilo de Miles, en el que hay un tema titulado Flamenco Sketches, un personaje del relato de Antón Castro para 626 Club, un club de mala muerte imaginado en Madison Avenue de Nueva York y un detective con la cara de Humphrey Bogart… la historia se iba a escribir sola y casi de una sentada. Lo de las viñetas que luego añadió el dibujante de cómics Juanfer Briones ya es para nota.


P: En este caso el relato está conectado con las piezas del álbum. ¿Escuchaste la música mientras escribías o la historia fue tomando forma por su cuenta?

R: Como he dicho, el relato surgió casi del tirón y lo que me sorprende es lo bien que le sientan las canciones del álbum, desde las más melódicas como esas maravillas que son Juliette o Abril 1959 hasta las más desenfrenadas cuando la ocasión lo requiere, como en el caso de la batería de Old Friends, en la que se sienten los guantazos que se reparten en el relato.


P: ¿Podríamos pensar que el jazz es un género que convive de forma natural con la novela negra? ¿Cuál o cuáles serían sus nexos de unión?

R: Novela negra y jazz son dos elementos absolutamente indisolubles y, efectivamente, mucha culpa la tiene el cine negro clásico de los años cuarenta. No se me ocurre una banda sonora mejor para un género en el que abundan las atmósferas oscuras, los clubes y bares de mala muerte. Un género en el que, aunque todo suele estar muy bien urdido por el autor desde el principio, siempre queda la sensación de que los personajes se ven obligados a improvisar muy a menudo, como los músicos de jazz.

Y, desde luego, las novelas en las que el jazz está presente casi como un personaje más son muchas: desde algunas de Boris Vian —además de escritor, trompetista que conoció precisamente a Miles Davis en París— a las de Toni Morrison o las de Michael Connelly, cuyo protagonista, Harry Bosch, es un apasionado y gran conocedor del jazz.


III. El territorio noir

P: ¿Crees que la novela negra sigue siendo una buena herramienta para entender el mundo en que vivimos?

R: Hay quien dice que la novela negra es la novela realista del siglo XX, el género más pegado a la realidad social que existe. Consecuencia de ello es su evolución a lo largo del tiempo ya que, si bien los motivos por los que se mata no han cambiado mucho a lo largo de la historia —dinero, poder y amor mal entendido—, los medios y escenarios sí lo han hecho y las novelas se han ido adaptando a los cambios.

Por eso ahora no tendrían demasiado sentido las novelas victorianas al modo Agatha Christie o Chesterton ni tampoco los detectives duros y solitarios como los de Hammett, Chandler y compañía, aunque siempre hay autores que encuentran el modo de encajar a la perfección esos estilos con los nuevos tiempos.


P: Hace poco has publicado El lugar de los hechos, un recorrido por escenarios míticos del género negro. ¿Qué descubrimiento o momento inesperado te sorprendió más?

R: Más que sorprenderme, este trabajo me ha servido para corroborar algo que ya sospechaba: que en todo el mundo se mata mucho y bien. Literariamente hablando, me refiero. Así que no todo gira en torno a nuestro ombligo occidental y podemos encontrar novela negra —muy negra— en ciudades como Teherán, Ulán Bator, Bombay, Dakar, Bamako…

Y sí me sorprendió gratamente encontrar a autores europeos que desconocía —a pesar de llevar décadas en el género— y de gran calidad haciendo novela negra en Polonia o Ucrania, con unos procedimientos y ritmos muy diferentes de lo que estamos acostumbrados a ver.


P: Para terminar: ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

R: En la primera parte de El lugar de los hechos, y en compañía de mi amigo y coautor del libro, Jesús Lens, recorrimos cincuenta y dos ciudades de treinta países de Europa, Asia y África. Queda por tanto visitar toda América, el Caribe, Japón, Oceanía y la Antártida. Y en eso estoy, ahora en solitario y en otro formato, con publicaciones cada dos semanas dedicadas a cada una de las ciudades por conocer en la revista digital Calibre .38.

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